La comandancia militar de la ciudad de Veracruz, se encuentra en la zona sur, abarca tres calles de ancho. Desde la calle principal hasta la calle de Hernán Cortés.

En la calle principal se encuentra la comandancia y residencia del general Gustavo
Mass, responsable militar y quien en esos momentos va llegando en su vehículo con su asistente el teniente José Víctor Alcocer, después de realizar un recorrido por la ciudad.

En la entrada lo espera un ayudante de la casa, el joven Juventino González, quien nervioso acude a su encuentro.

– ¡General, general!
– ¿Qué pasa Juventino?- pregunta el General mientras se baja del vehículo.
– ¡El Cónsul americano está en el aparato telefónico, que le urge hablar con usted!- el ayudante no puede ocultar su nerviosismo.
– ¡Voy, voy!, Qué ganas de estar molestando.
– ¡También lo vino a buscar el Comodoro Manuel Azueta!- agrega el ayudante.
– Bien, bien, gracias Juventino.
El general Mass entra en la comandancia y toma el aparato telefónico.
– ¡General Mass!, ¿Si?, Se oye bueno, ¡bueno!. ¡Sí soy el General Gustavo
¡Mass! ¡Aja!, si algo así se rumoraba. ¿Qué? – su tono de voz cambia a molesto- ¡Pues dígale que eso que me pide no es posible, no voy a consentir tal atropello, con las fuerzas con las que cuento repeleré cualquier agresión al soberanía nacional, hágaselo saber al Cónsul y al Comandante
Fletcher, por lo que hace a los trenes que están en la terminal obraré según lo considere! ¡Buen día!
El general azota el aparato telefónico y suda copiosamente por el coraje.
– ¿Qué pasa general?- pregunta nervioso su asistente el teniente Alcocer.
– ¡Lo que ya me había dicho el vicecónsul español!- exclama molesto el general – ¡Ese cretino de William Canadá, no tuvo los arrestos de comunicarse personalmente!, me manda a decir a través de su asistente que las tropas van a desembarcar para tomar el control del muelle.
– Entonces, ¿Es un hecho?-cuestiona nervioso Alcocer.
– Sí, pero pensé que sería en Tampico donde desembarcarían y no aquí dice el general mientras camina hacia su escritorio – Mira que violar el derecho internacional, ¿Qué se creen? ¡Entraron al puerto como amigos!,
¿Qué clase de militares son?… ¡Teniente Alcocer!
– ¡Ordene Señor!
– ¡Que toquen reunión!- grita el general mientras azota su puño sobre su escritorio- ¡Quiero aquí a los comandantes de los regimientos ahora mismo!, y trasmita el siguiente telegrama al Secretario de Guerra: ¡Es un hecho, los americanos van a desembarcar, espero instrucciones!.
– ¡Sí señor!
Al toque de corneta, los comandantes de los regimientos y oficiales que estaban de guardia acuden de inmediato ante la presencia del General Mass.
– ¡Señores!, ¡Las tropas americanas están por desembarcar!, mientras recibo instrucciones precisas de la ciudad de México, hay que tomar providencias.
– ¡Mayor Diego Zayas!, como jefe de los trenes militares, saque todas las máquinas de la estación, así como el material rodante.
– ¡De inmediato señor!- dice Zayas chocando sus tacones de las botas.
– ¡Coronel Arcadio Ojeda!
– ¡Ordene señor General!
– Como director del Hospital Militar, tome las providencias necesarias, arme a los enfermeros y a los hombres que puedan sostener un arma.
– ¡Sí señor!
– ¡General Francisco Figueroa!
– ¡Señor!
– Como comandante del 19 Regimiento, mantenga a los hombres sobre las armas, para proteger el cuartel y el arsenal.
– ¡Sí señor!
– ¡Coronel Albino Rodríguez Cerrillo!
– ¡Señor!
– Tome el mando de un batallón del 19 regimiento y marche de inmediato al muelle de la terminal cuando haga contacto con el enemigo infórmeme.
– ¡Sí señor!
– ¡General Luis Becerril!, usted mantenga a su hombres sobre las armas, hay que proteger el cuartel del 18° Regimiento.
– ¡Sí señor!, ¿Qué hacemos con los paisanos que ya están afuera del cuartel pidiendo armas?
– ¡Coronel Manuel Contreras!
– ¡Señor!
– ¿A usted le tocó entrenar a los paisanos no?
– ¡Sí señor!, de hecho tenemos armas y algo de municiones para el siguiente entrenamiento que es el domingo.
– ¡Bien!, ¡Pues vamos a adelantarles su entrenamiento!- dice el general
Mass- usted queda al mando de la Sociedad de Voluntarios, de los paisanos que pidan armas y como jefe de la prisión militar libere a los presos y a los rayados que quieran defender a su patria. Forme un batallón con ellos.
– ¡Sí señor!
– Con el citado batallón, diríjase a la retaguardia del Coronel Albino Rodríguez, para apoyarlo hasta recibir nuevas órdenes.
– ¡Sí señor!
– ¡Alcocer!
– ¡Ordene General!
– Envié una orden al Capitán Leonardo Anchondo, comandante de la batería fija, que tenga lista la artillería y espere órdenes.
– ¡Sí señor!
– Hay que prevenir, estos canijos gringos igual y nos quieran envolver, hay que trasladar el centro de mando a la Estación de los Cocos, allá está operando el telégrafo con normalidad.
Mientras el general Mass termina de dictar las órdenes a sus hombres para la defensa de la plaza en el puente de mando del USS Florida, está por concluir la reunión con los capitanes que participarán en el desembarco.
El Vicealmirante Fletcher preside la reunión y observa sobre la mesa el mapa de operaciones.
– Bien señores, repasemos una vez más el plan, ¡Adelante Capitán Huse!.
– ¡Señores! – dice Huse mientras señala un mapa – las fuerzas estarán dividas en dos sectores, norte y sur.
Desembarcaremos en el muelle de la terminal de ferrocarriles, de ahí los infantes de marina del 2° Regimiento a cargo del Coronel Wendell Neville, ocuparán la estación terminal, ferrocarriles, la oficina de telégrafos y la planta de energía eléctrica. ¿Entendido?
– Sí señor- responde Neville observando el mapa.
– Los infantes de marina a cargo del teniente Richard Wainwring jr, tomarán la oficina de correos y la aduana.
La tercer compañía al mando del teniente Leland S. Jordan jr. Cubrirá la retaguardia en el muelle. Para lo cual montará una artillería en caso de retirada, deberá cubrir la misma. ¿Queda entendido?
Los oficiales asientan haciendo el respectivo saludo militar al vicealmirante.
– ¡Capitán John Keaton!- grita Huse.
– ¡Señor!- responde un sorprendido Keaton.
– Usted que habla perfectamente el español, quedará al mando de un batallón que fragmentará en escuadrones para mantener perímetros de seguridad en los ángulos de las calles que dan estos edificios, asimismo deberá ofrecer seguridad al cónsul Willian Canadá y a los ciudadanos que nos están apoyando con servicios de inteligencia en la ciudad.
– ¡Sí señor!
– ¡El Cónsul ya tiene instrucciones para usted!, además de las claves de nuestros aliados en la ciudad, de todas maneras no se fíe.
– ¡Sí Señor!
– Recuerden -interviene el vicealmirante Fletcher mientras vuelve a observar el mapa sobre la mesa- mantener los objetivos, no se les ocurra avanzar más allá de estos puntos, no esperamos respuesta de los mexicanos, pero insisto no se confíen.
Una vez tomada las posiciones manténgalas a toda costa, los refuerzos llegarán pronto- Fletcher se acomoda su anteojos para observar a los oficiales reunidos y agrega
¡Bien caballeros que tengan un buen día!
Jovita, Pepe Tiburcio, Atilano y Charo van llegando al parque donde se encuentra el monumento al benemérito Benito Juárez.
Don Atilano se descubre de su sombrero con gran respeto.
– ¡Ándele muchacho descúbrase ante el benemérito!
– ¡A dió, pues ni que fuera un santo!- dice Pepe sonriendo.
– ¿Que paso muchacho?, ¡Más respeto para el benemérito!
– Pues mi amá decía que ese señor no quería a los cristianos- le dice Pepe cándidamente.
– ¡Ah que muchacho tan iniorante!, ¡Gracias al benemérito derrotamos a los gabachos!- refuta Atilano orgulloso.
– ¿A los gabachos?- pregunta Pepe intrigado.
– ¡ A los franceses!, ¡Yo también pelie esa guerra!
– ¡A qué Atilano tan bragao- dice Pepe en tono burlón- pero mire ya se ve harta gente corriendo a los cuarteles!.
– Vamos a apurarnos antes de que se te muera la tortuga o me muera yo, pero de sed, ja, ja- dice don Atilano mientras ríe.
– ¿Qué estará pasando Pepe?- pregunta Jovita preocupada.
– No sé Jovita, deben ser “Los pelones” que estarán dando alguna noticia, vamos a apurarnos, como dice don Atilano, no vaya a ser que se muera la caguama y no nos quieran comprar nada.
Conforme avanzan hacia la calle principal de la ciudad, donde se encuentran los cuarteles, los gritos de una multitud se oyen más fuerte. “¡Queremos armas!, ¡Viva
México!, ¡Mueran los invasores!”
Al doblar hacia la calle Principal el grupo de Jovita y Pepe se topan con unas trescientas personas que se agolpan a las afueras de la comandancia militar.
– ¡Jesús de Veracruz, parece que la cosa es seria!- exclama Charo al ver la concentración de personas.
– ¡Pepe mejor vámonos, no vaya a ser que se armen los “cocolazos”! -dice
Jovita temerosa tomando del brazo a su marido
– Mira Jovita allí está don Cinforiano y los empleados de la Nueva Jauja- dice
Pepe confiado en que podrá vender la tortuga.
– Por eso te digo que mejor nos vamos, para que el gallego ese esté aquí y no en su tienda, no me da buena espina-le dice Jovita Preocupada.
Sobre unas cajas de madera, se observa al coronel Manuel Contreras, quien es el jefe de las prisiones militares de la ciudad, a su señal uno de sus oficiales toca una la orden militar de silencio con su corneta.
– ¡Atención, atención!, ¡Tropa, oficiales y ciudadanos, necesito que guarden silencio!
Un silencio sepulcral invade el ambiente, sólo los ladridos de un perro se escuchaban en la esquina.
– ¡Ciudadanos!- grita Manuel Contreras- ¡Como bien saben, un peligro inminente acecha a la puerta, las hordas del enemigo están a punto de irrumpir en el suelo patrio!.
El Comandante de la plaza, el general Gustavo Mass ha recibido órdenes del Supremo Gobierno para que defendamos la ciudad, por lo que me ha ordenado que con los voluntarios formemos algunas escuadras para cumplir con tan delicada misión.
Nuevamente la multitud lanza gritos de júbilo y vivas a la patria “Viva México”,
“Muera el Invasor”
– ¡Silencio, silencio! ¡Ciudadanos!, ¡Las órdenes del general son precisas, debemos proteger la retaguardia de las fuerzas del Coronel Albino
Rodríguez que ya se encuentra en la zona del muelle esperando al enemigo!.
Los presentes nuevamente gritan con más ánimo.
– ¡Silencio, silencio!, ¡Entiendo que no todos hicieron sus prácticas y maniobras con la sociedad de voluntarios, por lo que algunos desconocen los toques de órdenes, así que les voy a pedir que se formen en hileras de 5 para que el teniente Alacio Pérez les dé un explicación!
El teniente Manuel Contreras baja de las cajas que utilizaba como tarima para dirigirse al interior del cuartel donde está la cárcel con prisioneros políticos y “rayados” de San Juan de Ulúa, que previamente el día anterior había traslado a la ciudad.
En ese momento es abordado por Don Cinforiano
– ¡Teniente Contreras!
– ¿Don Cinforiano?, ¡Esto sí que es una sorpresa!, ¿Usted fuera de su tienda?.
– Teniente como yo le había contado, cof, cof, tengo una cuenta pendiente con esos yanquis, así que pues aquí estoy con mi gente para ver en qué podemos ayudar.
– Don Cinforiano tengo a mi disposición 400 fusiles y municiones, que no pasan de dos mil, que no es nada, si de verdad quiere ayudarme, que su grupo forme un escuadrón que estará bajo mi mando directo.
De hecho por experiencia, lo habilito como mi sargento ayudante
– ¡A la orden mi teniente! Cof, cof.
– ¡Venga, ande!, Que voy para la prisión, de una vez recogen los fusiles y las cajas de municiones.
– ¡Sí teniente!- Cof, cof- dice Cinforiano mientras hace un saludo militar.
Manuel Contreras y el grupo de Cinforiano, seguido de Pepe, Jovita, Atilano y
Charo entran al patio de los cuarteles.
– Bueno muchacho ¿y tú que haces aquí?- Pregunta intrigado Cinforiano observando a Pepe con aquella singular compañía que incluye una burra y una tortuga aún viva.
– Buen día don Cinforiano, es que le traigo esta tortuguita que segurito le va a gustar, de aquí puede sacar varias peinetas.
– ¡Por dios Pepe!, ¡Qué momentos escoges para venir a vender esta tortuga! ¿y tu Atilano?, de seguro también vienes a vender carbón.
– ¡Pues así es!- responde Atilano.
– ¡Pues que brutos sois! Cof, cof, ¿No veis que está a punto de estallar una batalla?, ¿Regresen a sus hogares!
– ¿Y mi rebozo?
– ¿Que rebozo muchacha?- pregunta intrigado Cinforiano.
– Pues el que me iba a comprar Pepe- dice Jovita cándidamente.
Aquel singular grupo llega a un depósito de armas
– ¡A ver muchachos aquí están los fusiles y las cajas de municiones!- dice
Contreras mientras señala algunas armas y cajas- llévenlos a la calle y repártanlos, ¡voy a las galeras a soltar a los presos!.
– Yo voy con usted General- dice Charo siguiendo al teniente Contreras.
– ¡Oiga señora yo no soy General! ¿y usted quién es?
– Yo soy Charo, la mujer de “El Jiribillas” y pús si lo van a soltar nosotras podemos ayudar en la cocina de los cuarteles que no.
– Pues no es mala idea- dice Contreras.
– ¡Ándele!,¿verdad que sí Jovita?.
– Pues, no sé qué diga Pepe.
– Es que ando vendiendo la tortuga- responde un temeroso Pepe.
– ¡Qué tortuga ni qué la madre de la tortuga!- exclama molesto Cinforiano.
– Oiga, patrón- interrumpe Belarmino- pero tiene razón el señor, a lo mejor la tortuga que esta grande nos sirve para alimentar a la tropa y el carbón también sirve.
– Muy bien muchacho, muy bien pensado. ¡Sargento Cinforiano! Encárguense de las armas y las municiones también de la tortuga esa.
– ¡Si Teniente!, Cof, cof.
El Teniente Manuel Contreras acompañado de Charo llegan a las galeras donde se encuentran algunos prisioneros políticos y otros delincuentes del orden común.
Entre las prisioneras se encuentran algunas conocidas de Charo.
– ¡Miren a quien agarraron a la Charo!- dice una de las mujeres presas.
– ¿También por indeicente Charito?- responde otra.
– ¡Charo!, ¿Qué paso, qué hiciste?- se sorprende “El Jiribillas” de ver a su esposa en las galeras.
– ¡Silencio!, ¡Prisioneros!, por órdenes del Supremo Gobierno, les traigo una proposición.
– A ver escúpalo Pelón- Grita uno de los prisioneros.
– ¡Silencio!, ¡Tropas norteamericanas están a punto de desembarcar!
Ustedes están presos por diversos motivos, desde maleantes, asaltantes hasta disidentes del supremo gobierno, por lo que mi deber es informarles que quedaran libres desde este momento, si deciden luchar por la soberanía de su patria les será entregado un fusil y municiones, en caso contrario, pueden marcharse a su casa.
El silencio reinaba en el ambiente, de pronto un hombre vestido con camisa y pantalón de rayas, lo que lo identificaba como un prisionero de San Juan de Ulúa, rompió el silencio.
– Mire Teniente a mí no me cuadra el pelón de Huerta, pero no voy a dejar que unos gringos ojetes venga a invadir mi tierra, ¡Yo me quedo y que viva
México!
– ¡Sí que Viva México, Viva Veracruz!- grita “El Jiribillas”
Los prisioneros lanzan gritos de apoyo a la patria, mientras el Coronel Contreras con el apoyo de Charo abre las rejas de las celdas.
Al verse libres los prisioneros, hombres y mujeres, corren al patio del cuartel, donde ya Cinforiano había acomodado los rifles y las cajas de municiones.
– ¡Vamos tomen los rifles y las municiones que puedan y a formarse!, cof cof,
¡Andando, andando que no tenemos todo el día!.
– Bueno y entonces, ¿Qué hago con la tortuga?- pregunta Pepe preocupado.
– ¡Tú duro y dale con la tortuga Pepe! – le dice Atilano -¿Qué no ves cómo están las cosas?, ¡Anda toma tu fusil, que yo ya tome el mío!.
– Pero, ¿Jovita dónde va?
– Voy con las mujeres a la cocina a meter la tortuga y el carbón- le grita Jovita mientras se mete a los Cuarteles.
– ¡A dio, en qué nos venimos a meter!- exclama Pepe preocupado.
El grupo de voluntarios y los prisioneros liberados, empiezan a recoger sus fusiles, como no hay cómo distribuir las balas, las cajas son abiertas y las municiones regadas por el piso como si fuera colación de una piñata.
– ¡Andando tomen sus municiones! – cof, cof.
Consiente del peso de su apellido el joven Jorge de Villa se acerca al Coronel Manuel Contreras.
– ¡Coronel Contreras!, ¿Se acuerda de mí?, soy Jorge de Villa y Rosendo, hijo de don Jorge de Villa-.
– ¿Dígame joven?- lo interrumpe Contreras apurado.
– Vengo a ocupar mi puesto y a ofrecerle a mi muchacha Rosita, creo que también puede servir aquí en los cuarteles para la cocina.
– ¡Oiga niño, pero yo no lo quiero dejar solo!- exclama Rosa preocupada.
– Usted se calla, Rosita, ¿quería venir conmigo? pues ahora es la hora de la verdad- le dice el joven Jorge muy seguro de sí mismo.
– Muy bien joven de Villa- le dice Contreras- ¡A ver Rosita reúnase con el viejerío!, para que nos apoyen en el servicio abastecimiento.
– Coronel.. ¿y ahora?- continua Jorge- ¿Cuál será el grado que ostentaré?
– ¿Perdón?- pregunta intrigado el ocupado Contreras.
– ¡Sí!, Debido a mi linaje supongo que ostentaré algún grado militar.
– Joven de Villa- sonríe Contreras- creo que usted lee muchas novelas, pero mire, ahorita resolvemos eso. ¡Sargento Cinforiano!.
– ¡A la orden mi Teniente! Cof, cof.
– ¿Ya conoce al joven de Villa?.
– ¡Claro que lo conozco rediez!, El nietecito de doña Matilde- dice Cinforiano en tono burlón.
– ¡Pues queda a su cargo!, asígnele alguna función, la que más le convenga.
– ¿Has tirado alguna vez muchacho?, Cof, cof…
– ¡No señor!.
– Pues mira, serás nuestro correo, junto con Belarmino, que creo que ya lo conoces.
– ¡Ah sí!, su empleado- le dice de manera descortés mirando fríamente a Belarmino.
– Bien, Cof, cof, ¡Pues hoy no es mi empleado es mi ayudante de campo!- aclara molesto Don Cinforiano- así que orden que recibas de él, es como si la recibieras de mí, ¿Entendido?.
– Sí…
– ¡Andando, que os voy a presentar con el escuadrón!. Cof, cof.
El movimiento y ruido de aquellas personas, atrae la atención de Elpidio.
Lavaderos, un niño de diez años, que procedente del hospicio cercano, llega hasta los cuarteles.
– ¡Don Cinfo! ¿y ahora por qué tanto alboroto?, ¿Que van a tirar balazos como siempre en los médanos?- pregunta el pequeño mientras le jala la camisa a don Cinforiano.
– ¿Qué haces aquí criatura?- responde molesto- cof, cof, ¡y no soy Cinfo!,
¡Soy Cinforiano!, ¡Vete para el hospicio rapaz!
– ¡Oiga!, pues yo también no soy rapaz ese, ¡soy Elpidio!
– Anda, anda no estorbes, cof, cof, que esto no es un juego.
– ¿Van a jugar en serio a la guerra?- insiste el niño metiéndose entre los voluntarios y observando las cajas de municiones.
– ¡Anda, anda muévete, de aquí- le grita Cinforiano.
– El pequeño Elpidio sigue hurgando entre la multitud, asombrado de ver tantas armas.
– ¡Ijole cuantas matonas hay!, ¿y éstos como clavos qué son!- dice mientras sostiene un cartucho.
– ¡Oye chamaco, deja eso que te va a reventar en la mano!- le grita Pepe
Tiburcio.
– ¡Híjole! ¿Qué son?, ¿Cuetes?- pregunta asombrado el chiquillo.
– ¡Balas niño!- le grita Cinforiano- ¡eso mata!
– ¡Asú mecha!- asustado el chiquillo regresa el cartucho a su lugar.
– ¡Que pendejo chamaco!- se ríe Pepe Tiburcio.
– ¡Pendejo usted pinche viejo cara é lagarto!- le contesta valiente y enojado el pequeño.
– ¡Mira que chamaco deja que te agarre!- le grita Pepe al niño, mientras lo amenaza haciéndole señas con las manos.
– ¡Deja al niño Pepe!- grita Jovita a la vez que ríe de la ocurrencia del niño- ¡ja já cara de lagarto!
Elpidio al sentirse amenazado corre a refugiarse al lado de Jovita y la abraza
– ¿Y tú quién eres criatura?- pregunta Jovita conmovida por aquel pequeño tan gracioso.
– Me llamó Elpidio Lavaderos- dice el niño presentándose cortésmente.
– ¿Lavaderos?, ¡Qué raro apelativo!
– Es que dice la Directora del Hospicio que ahí fue donde me encontraron en los Lavaderos.
– ¡Ah eres huérfano!- expresa Jovita.
– ¡No!, ¡Soy Elpidio Lavaderos!