Los padres de niños con discapacidad suelen mostrarse firmemente optimistas cuando hacen un balance de lo que sus hijos han aportado a su vida. Pero esta madre admite que el autismo de los suyos le ha traído “pensamientos oscuros” y que desearía que sus deficiencias desaparecieran.

Christine cuenta que los padres de niños autistas suelen ser retratados de una forma que levanta los ánimos: hablando de los pequeños avances de sus hijos, de cómo superan las dificultades y de cómo esto les hace sentirse realizados. Algo que ella no consigue entender.

Jo, en cambio, teme que si su hija no fuera autista, sería una persona diferente

“A veces creo que, en el mundo del autismo, no hay espacio para que una madre diga ‘cómo quisiera que esto no estuviera sucediendo’, ‘no me siento bendecida’, ‘no me siento fuerte’ o ‘no creo que esto tenga que pasar por una razón”, explica.

Christine es una madre soltera que trabaja como enfermera especializada en psiquiatría.

A su hijo mayor, de 19 años, le diagnosticaron autismo, dispraxia (falta de organización en los movimientos) y trastorno del estado de ánimo cuando tenía 6 años.

A su hija de 17 años, le detectaron en 2015 autismo, déficit de atención e hiperactividad y a su otra hija, de 14, le dijeron que era autista hace seis años.

“Tal vez parezca un poco insensible o egoísta por no aceptar cómo son mis hijos al completo”, cuenta. Pero a medida que crecen y sus necesidades se vuelven más complejas, la dicha continúa desvaneciéndose.

Durante años, los hijos de Christine asistieron a un colegio común. Pero esto les causó gran malestar.

Se dieron cuenta de que eran diferentes a sus compañeros, lo que “les hizo daño”. Su hijo le pidió una capa de invisibilidad y una de sus hijas habló sobre suicidio. Los tres van ahora a escuelas especiales.