José Juan Sánchez Jácome
José Juan Sánchez Jácome

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Se sienten orgullosos de sus santos, los admiran, los invocan y los tienen como abogados en su vida cristiana. Los pueblos y las comunidades cristianas se desbordan en detalles, signos y atenciones cuando se trata de sus santos, especialmente cuando celebran su fiesta patronal.

Contemplo a mi gente motivada y rejuvenecida en las celebraciones y fiestas de los santos y santas de Dios. Pero en medio del júbilo y la gratitud a Dios, tengo muy presentes las críticas y los comentarios mordaces que genera esta característica de la fe católica. Duele en el alma la forma despectiva como algunos hermanos se refieren a los santos y a la Santísima Virgen María.

No se trata simplemente de aspectos bíblicos y teológicos que se tengan que explicitar y fundamentar para la defensa de nuestra devoción a los santos. Porque antes de todo eso, que siempre se ha hecho de forma seria, duelen en el alma los señalamientos que prescindiendo de una motivación verdaderamente evangélica denigran la devoción a los santos.

Nos duele que se hable mal de nuestros hermanos y de nuestra familia, y lastima profundamente cuando alguien habla mal de la mamá. Un sentimiento como éste se experimenta cuando se ataca visceralmente y por sistema la devoción a los santos, y se vive este dolor en el silencio ante posturas fundamentalistas que se cierran completamente al diálogo, a la concordia y a un análisis teológico del tema.

Por eso de manera recurrente tenemos que estar recordando las motivaciones y fundamentos del culto a los santos. En primer lugar conviene subrayar que no seguimos a los santos porque hagan milagros, o porque sea una obligación su devoción, o porque tengan poderes especiales. No los seguimos porque estén entronizadas sus imágenes tanto en los hogares como en las iglesias. Seguimos a los santos y a las santas de Dios porque con su testimonio y entrega mantuvieron vigente el sueño de Jesús, porque brillaron no con luz propia sino con la luz de Nuestro Señor Jesucristo, en medio de las circunstancias históricas que les tocó enfrentar.

Lograron meter mucha luz en medio de la oscuridad, transformaron tantos ambientes corrompidos y lograron rescatar, espiritualmente hablando, a tantos hermanos que vivían por debajo de su dignidad humana. De esta forma sus obras trascendieron hasta nuestros días.

En segundo lugar, celebramos a los santos porque su vida genera esperanza, ya que eran personas como nosotros, a veces incluso más pecadoras, pero muy conscientes de dónde los rescataba el Señor. Su vida queda como una prueba de lo que la gracia de Dios puede lograr en las personas que sienten el peso de las miserias y debilidades. Viendo a los santos surge la esperanza de que también nosotros lograremos sobreponernos por la gracia de Dios a los factores que condicionan nuestro compromiso en la vida.

En tercer lugar hace falta destacar que admiramos y actualizamos la vida de los santos porque su vida nos lleva a intuir nuevos caminos para servir a los hermanos y nos estimulan para ser  más creativos en la manera de presentar a Dios en la sociedad.

Contra la visión reduccionista que se puede tener de la vida de la Iglesia es sorprendente constatar la riqueza de servicios y carismas a través de obras sociales, apostolados y programas pastorales que los santos inspiraron en las distintas épocas de la historia de la Iglesia.

En su momento respondieron directamente a los desafíos que se presentaban y al mismo tiempo su manera de enfrentar las dificultades genera una serie de reflexiones sobre cómo discernir y estar abiertos a las inspiraciones del Espíritu delante de los nuevos retos que enfrentamos.

Los santos han logrado presentar una imagen amable, cercana y misericordiosa de Jesús.

Los santos son como las vidrieras de las catedrales: “Hombres que dejan pasar la luz”. Son hombres y mujeres que meten luz y alegría donde se encuentren, a pesar de las condiciones adversas que pudieran estar enfrentando.

Decía un biógrafo del P. Titus Brandsma, quien murió en el campo de concentración de Dachau: «Cuando un hombre vive con tanta fuerza el cristianismo, la vida de fe, la vida de esperanza… su fidelidad dura necesariamente hasta la muerte. Ni “los leones de Nerón”, ni inyección alguna de ácido fénico pueden acabar con la sonrisa de quienes han presenciado la sonrisa de Dios».