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( Úrsula Ramos / El Dictamen | ) Vienen a mi mente muchos recuerdos de la época navideña de mi juventud; muchas costumbres hoy desechadas por los jóvenes.
Nosotros, los jóvenes de ayer, hacíamos posadas en las que bailábamos, naturalmente; pero previo a ello, cantábamos la posada, rompíamos la o las piñatas, repartíamos golosinas y después ¡el baile!.
El día 24 de Diciembre íbamos a la Iglesia antes de cenar y después de la cena había aguinaldo en efectivo (casi siempre) para los adultos y piñata y dulces para los pequeños.
Existía la ensalada de Nochebuena que hace mucho tiempo ha desaparecido de la mesa navideña.
El árbol de Navidad, una tradición que no es nuestra, ha vencido a los tradicionales nacimientos que se podían ver en los hogares de todos los niveles socios económicos. Algunos nacimientos en nuestra ciudad fueron tradicionales y dignos de todo elogio como el que montaba Luisita de Rullán, o bien el de la casa de Dn. Juan Martínez Migura.
Había varias “ramas” dignas de verse y oírse, organizadas por clubes sociales para reunir fondos con fines benéficos.
Cuando era adolescente, mis hermanos y yo queríamos poner árbol en nuestra casa, pero nuestro padre decía que esa no era una tradición nuestra. El primer árbol que pusimos fue allá por 1945 cuando nuestro hermano mayor, Santiago, casi recién casado, vino a pasar la Navidad a casa y nos trajo muchas y muy bonitas esferas, del “otro lado”. Papá, entonces compró el árbol y nosotros “lo pusimos”; pero eso sí, ya entre mi hermano Pablo (hoy médico retirado), mamá y yo, habíamos “puesto” el Nacimiento en la sala de la casa.
Recuerdos muy añejos vienen a mí. Mi abuelo, jarocho de corazón, abría la puerta de la casa para recibir a todas las “ramas” que llegaran. Había siempre, por esos días, bocadillos y copita para obsequiar a los que pasaban cantando. Era otro Veracruz, otra gente.
En fin, un mundo que se ha ido para siempre.